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Por fortuna la Contraviesa mira hacia el Mediterráneo y desde él ha penetrado, una y otra vez, la influencia de antiguas civilizaciones. Hasta aquí llegó en barcos fenicios la triada de cultivos mediterráneos que forman el trigo, el olivo y la vid. Aunque será el vino el que encuentre mejor acomodo, como si esta tierra estuviera hecha para él.

Los cultivos de secano como el almendro, la higuera y sobre todo la vid, han humanizado este paisaje desde siempre. Por donde se mire, se ven vides ancladas en tierras pardas y pizarrosas, contenidas por albarradas y balates, escalando los barrancos unas veces, esparcidas en los escasos oteros otras; y, siempre, llegando hasta los senderos y carreteras que conducen a pueblos blancos y multitud de pedanías y cortijadas que aún recuerdan el pasado de las antiguas alquería de
al-Andalus.

Pero fue a partir de finales del siglo XVI, con el exilio obligado de los moriscos, cuando se afianzaría definitivamente esa cultura del vino que define a la Contraviesa y llega hasta nuestros días. Procedentes de Castilla, León, Galicia u otras zonas de Andalucía, arribaron los nuevos pobladores, para hacerse nuevos dueños de esta agreste comarca y de sus haciendas plantadas de viñas, en pueblos como Albondón.

Hay una creencia popular en estas tierras que asegura que, en la época dorada del vino, a principios del siglo XIX, cuando fue construida la imponente iglesia de Murtas, se utilizaba por su abundancia el vino en lugar de agua para la construcción, lo cual dotaba de mayor solidez a los muros. No se puede saber si esto es así, lo que sí es seguro es que por ese tiempo la comarca vivió tiempos irrepetibles. Su economía era los suficientemente pujante como para exportar vino dentro y fuera de Andalucía.

Al finalizar el verano los pueblos se convertían en un hervidero de actividad volcados en la vendimia. Un ir y venir de mulos con sus angarillas cargadas de uva… el olor a mosto invadiendo el amiente de las frescas tardes de septiembre y octubre.

Cada familia elaboraba su propio vino de sus propias vides que servía para autoconsumo o que era vendido a granel por arrobas a otras bodegas para su embasado o a las fieles tabernas de familiares y amigos.

Cada familia elaboraba su propio vino de sus propias vides que servía para autoconsumo o que era vendido a granel por arrobas a otras bodegas para su embasado o a las fieles tabernas de familiares y amigos.

Para cada una, el suyo era indiscutiblemente el mejor de la zona pero a pesar de sus sutiles variedades todo este vino de la Contraviesa terminó por denominarse vino de la costa o simplemente Vino Costa.

Este vino está elaborado a partir de una mezcla heterogénea de variedades de uvas tradicionales de la zona, como vijiriega, perruno, listán o jaén blanco y tinto, entre otros.  A éstas se añadía la uva tintorera llamada aquí nicamucén, que dotaba a esta mezcla de su característico color rosado.

Hoy, la comarca ha evolucionado al ritmo de los tiempos y han surgido nuevas propuestas para revitalizar su economía, propuestas que siempre, de algún modo, encuentran un hilo que conecta con la tradición, todavía hoy viva y muy valiosa para el futuro.

Este nuevo impulso se vio reconocido con  la mención Vino de la Tierra Contraviesa-Alpujarra hace unos años y, recientemente, en 2009 de una mención especial para esta comarca de la Denominación de Origen Protegida Vinos de Granada, subzona Contraviesa-Alpujarra.